Cenamos en un sitio donde el camarero y dueño tenía algunos problemas para entender nuestras preguntas y peticiones, no obstante la dificultad era mútua. Tuvimos que esperar de lo lindo pero por lo menos todo estaba muy rico. Disfrutamos de una preciosa puesta de sol hacia un lado desde lo más alto de la isla, y de la visión de la Isla de la Luna y la Cordillera Real hacia el otro.
La mañana siguiente exploramos el sur de la isla, con el Templo del Sol y la escalera del Inca, y tras un sabroso menú por sólo 10 bolivianos, tomamos el barco de regreso a Copacabana.
Aquella noche salimos todos juntos a tomar unas cervezas y despedirnos de Bolivia, ya que habíamos comprado nuestro boleto de bus a Puno, en Perú, para el día siguiente.
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