Viajamos de nuevo en coche cama y de nuevo hubo cena caliente, mmmmm!!!
Llegamos a Puerto Madryn prontito por la mañana. Es el prototipo de ciudad turística costera con su playa, su espigón, su paseo marítimo lleno de tiendas de recuerdos, restaurantes y agencias de turismo. Fuimos a nuestro Hostel para descubrir que las fotos de internet no tenían mucho que ver con la realidad. La habitación de 6 resultó ser de 8 y muy apretadita. La pintura se caía de las paredes y del baño mejor no hablamos...En fin, que decidimos cambiarnos de Hostel, aunque habíamos reservado para 3 noches, tras la primera. Hablamos con la encargada y no hubo problema, así que nos fuimos a uno de la cadena Hi que estaba muy bien: habitación de 4, jardín, zonas comunitarias amplias y nuevas y la Quilmes de litro a tan solo 6 pesos, vamos, otra historia.
Pero, ¿Dónde estábamos? ¡Ah! En que habíamos llegado por la mañana. Pasamos el día de agencia de alquiler de coches en agencia de excursiones comparando precios. Hay dos zonas para visitar que distan entre 100 y 150km al norte y sur de la ciudad y, aunque la excursión organizada siempre es más barata que el alquiler de un coche, decidimos estirarnos y disfrutar a nuestro aire. Al final fue la decisión correcta ya que al volver al hostel 2 chicas francesas se apuntaron a compartir gastos para las salidas, así que nos ahorramos un 50% del precio final, genial.
En la primera excursión visitamos la Península Valdés, 100km al norte de Puerto Madryn. Esta península es archifamosa y seguro que más de uno la habrá visto en los reportajes del National Geographic sobre la Ballena Franca Austral o las Orcas atacando Lobos marinos. Para nuestra desgracia nos encontramos fuera de temporada de ambos avistamientos, aunque aún quedaba alguna ballena en los alrededores. Lo que si pudimos ver fueron lobos y elefantes marinos así como pingüinos magallánicos y otros animales típicos de la zona como guanacos, peludos (un tipo de armadillo), un zorro gris y cormoranes. Nos avisaron en la entrada de la prohibición de salir del vehículo a excepción de en las áreas habilitadas para ello, pero la tentación era tan grande que no pudimos evitarlo delante de tan bello paraje. Y eso hicimos. Descendimos una ligera colina para acercarnos a ver a los pingüinos y pudimos estar con ellos a muy pocos metros. La mala suerte fue que una guía de una excursión privada nos alertó y tuvimos que volver al coche y aún suerte que no fue el guardaparques que éste nos hubiera echado y multado, y es que se toman muy en serio las distancias de seguridad para proteger la fauna.
Lo peor del día fue la insufrible carretera interna de grava. Al final del día Oscar no podía mover los brazos por el cansancio, pero sin duda pudo levantar una última cerveza, jeje.
La segunda salida fue a Punta Tombo, enorme reserva donde unas 250.000 parejas de pingüinos magallánicos regresan cada año a su nido para reproducirse. Y ésta si que era la temporada, que bárbaro la cantidad de pingüinos que hay, ¡por dios! Pudimos ver desde huevos hasta pichones de diferentes meses de edad, todo muy tierno. Todavía no logramos entender cómo pueden sobrevivir a temperaturas de 35ºC, parecían todos asmáticos moribundos a punto de cascarla, respirando con el pico abierto a más no poder, pobrecitos, que mal lo pasan.
Menos mal que la peregrinación a la playa por las "autovias" de múltiples carriles, sólo para pingüinos, con ese andar tan peculiar, acababa en un refrescante chapuzón en el mar, que envidia. Por cierto, en las autovías los pingüinos tienen preferencia de paso y así lo refleja la señalación vertical del parque. Era increíble ver como los pingüinos se mezclaban con los turistas de camino a la playa o de vuelta al nido donde siempre permanecía un miembro de la pareja vigilando a los pichones.
La playa estaba repleta de todos aquellos que necesitaban refrescarse o de los que desafortunadamente ya no tenían la obligación de proteger su descendencia de los predadores, mayormente gaviotas. Era curioso ver el nido rodeado de defecaciones y es que por lo menos salen a cagar fuera, que limpios.
El mundo animal nos ha enseñado otra lección, no solo en el canto a la perpetuación de la especie que presenciamos, sinó también al poderoso instinto que cada año les guía al mismo lugar tras miles de km recorridos en la temporada migratoria.
La carretera fue mucho mejor, con tan sólo 40km de grava, lo cual permitió que Oscar no tuviera problema alguno para levantar una cerveza al final del día, jeje.