Y para terminar de rematar la buena suerte que habíamos tenido con el hostel, Luís nos había preparado una habitación de 6 sólo para nosotros, o sea, todo el grupo, y es que aún viajamos Anna, Laia, Marc y C.J. junto con nosotros. Bueno, a decir verdad, también estaban Alberto, su hermano y su mujer, pero ellos estaban en otra habitación...¡Menudo grupete más guapo nos habíamos juntado!
Al día siguiente nos dedicamos a descansar y pasear un poco por la ciudad. Estábamos muy cansados del viaje y no teníamos prisa por irnos de tan bella ciudad. Planificamos un poco entre todos como hacer la visita al Machu Picchu y no arruinarnos en el intento y es que aunque hay un tren desde Cuzco que te deja a tiro de piedra de las ruinas, su precio es prohibitivo: $50 ida. Otra alternativa es coger 3 autobuses y un tren, con lo que te ahorras dinero pero estás todo el santo día viajando. Pero teníamos un As guardado en la manga y éste era Alberto. Y es que Alberto, que es más listo que el hambre, encontró una agencia donde nos alquilaban una furgoneta para todos bastante bien de precio, así que la ida casi la teníamos ya en el bolsillo. La vuelta quedaba abierta pero, ¿a quién le importaba la vuelta en esos momentos? ;-) La idea era ir en furgo y volver en micro bus o en tren, ya veríamos.
Después de unos desajustes y aclaraciones con la agencia sobre precios y modos, en vez de alquilarnos sólo la furgo nos pusieron un chófer que nos llevaría lo más cerca que se puede ir por carretera al Machu Picchu, la estación Hidroeléctrica, desde donde sale un tren que por $8 acerca al turista a Aguas Calientes, al pie de las ruinas.
Genial, por el mismo precio nos ahorramos el tener que conducir por unas carreteras sin asfaltar y que además no conocemos. Así pues, ya teníamos medio de transporte para ir a ver las ruinas más famosas del Perú.
Aprovechando que en la tienda había mochilas y que la de Óscar está un poco perjudicada, compramos otra de la marca Quechua que no salió mal de precio.
El resto de la tarde y noche paseamos y disfrutamos de una magnífica ciudad colonial repleta de casonas, iglesias, parques y millones de vendedores ambulantes que, aunque aburren de la cantidad que hay y lo pesaditos que son, no le quitan encanto a la ciudad.Como teníamos que levantarnos pronto para ir a la mañana siguiente al Machu Picchu, no estuvimos mucho merodeando por la ciudad. Cenamos todos juntitos (los 9) y para el hostel.
A la mañana siguiente todos nos levatamos a las 6:30 y es que teníamos que salir a las 7 si queríamos ver de camino al Machu Picchu las ruinas de Pisaq, que también son importantes pero menos famosas, claro. Como era casi de esperar, el chófer no apareció a su hora y se demoró como una hora, así que ya íbamos tarde. La hora de salida era también importante si queríamos enlazar con el único tren que sale de Hidroeléctrica hacia Aguas Calientes, pero ya nos habíamos retrasado y no por nuestra culpa. Salimos de Cuzco a las 8 de la mañana camino de Pisaq. No tardamos mucho en llegar y es que no está tan lejos de la ciudad. Las ruinas son muy bonitas también enclavadas en lo alto de una montaña, pero como están esparcidas pues hay que caminar un buen rato si se quieren visitar todas. Dada la mala suerte de que ya íbamos retrasados no pudimos verlas todas, no obstante, estuvimos como 1,5 horas por las ruinas. Por cierto, aquí se regatea por todo y las entradas a las ruinas no fueron una excepción. Menudo cambio de impresiones que tuvimos a la hora de decidir antes de entrar...
Salimos zumbando hacia Hidroeléctrica dado que el día estaba bueno y no llovía. Casi fue pensarlo y empezar a caer agua a cántaros. La carretera de montaña no dejaba de subir, no así la niebla que se hacía dueña y señora de la carretera. Era muy difícil conducir, pero nuestro chófer lo hizo muy bien, incluso en los momentos más duros, como por ejemplo, cuando nos quedamos en medio de un riachuelo con la furgo clavada o cuando nos encontramos un árbol en medio de la carretera que se había desprendido. No fue fácil.
Bajamos la montaña y entramos en la zona de carretera de piedras y barro y de nuevo empezamos a subir y subir. La carretera daba miedo, no hay que esconderse, daba mucho miedo y más valía no mirar abajo, sobre todo cuando uno se encontraba con otro vehículo delante, ¿quién se iba a apartar hacia el lado de la cuneta? ¡Glups! El chófer lento de verdad que no iba, porque como llegábamos tarde para coger el tren y, en cierta manera, se sentiría culpable, pues el chico corría con el coche. Afortunadamente, después de 6 horas de conducción, llegamos a nuestra parada final con la furgo y todos sanos y salvos. Fue tal la alegría de dejar de una vez la furgo que hasta el sol hizo acto de presencia y dejó de llover y las nubes se escamparon. El tren estaba ya pitando conforme a su inmediata salida, así que algunos se apresuraron y otros, como nosotros, decidimos a ultimísima hora que haríamos el trayecto que faltaba hasta Aguas Calientes caminando sobre las vías del tren. Que gran y brillante idea. El sol lucía y habíamos estado sentados un sinfín de horas sobre un camino de cabras y, claro, nos apetecía un montón caminar.
Error. Nadie pensó en aquellos momentos que estábamos en época de lluvias y que el sol que lucía era un mero espejismo. Aunque cierto es que los primeros 45 minutos fueron magníficos, los restantes 1,45 minutos de caminata fueron más bien de sufrimiento bajo el agua. Damos gracias a Dios que en Cuzco compramos unos pantalones de lluvia que no hicieron mal su función. No obstante el diluvio que nos cayó a todos, la caminata nadie la hubiese cambiado. Es magnífica y no hay otra manera mejor de llegar al pueblo que haciendo esa ruta andando, aunque llueva. Lo repetiríamos. Celebramos a lo grande entre todos nuestra gesta conjunta de llegar sanos y salvos, aunque mojados, a tan bello paraje y remoto donde los haya.
El hermano de Alberto con su mujer habían cogido el tren así que se ahorraron todo el calvario y, de paso, habían hecho ya la reserva para nosotros en lo que al hospedaje se refiere.
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