Había disparidad de opiniones sobre cuándo subir, ya que una vez dentro hay la posibilidad de visitar también el Wayna-Picchu, la famosa montaña que aparece al fondo en todas las fotos del Machu Picchu. Pero sólo pueden entrar 400 personas por día y se ve que los tickets se agotan a primera hora. Así que pusimos el despertador a las 5 de la mañana para subir con el primer bus de las 5:30. Pero a esa hora llovía a mares, así que nos volvimos aa dormir hasta las 7, segundo turno de los buses. El cielo estaba medio despejado y allá nos dirijimos.
Merece la pena pagar los $7 dólares del autobús de subida, ya que la cuesta es super-empinada. Enseguida llegamos y acudimos de prisa a solicitar nuestro ticket para el Wayna-Picchu. Prueba conseguida, aun iban por el 300 para entrar de las 10 a las 11. Tras este extrés por fin nos relajamos y por primera vez disfrutamos al darnos cuenta de dónde estábamos y su grandeza. Ante nuestros ojos se leventaban las impresionantes ruinas del Machu Picchu rodeadas de altas cumbres y el enignámtico bosque nuboso que a cada rato nos impedía la visión o nos refrescaba con un improvisado chaparrón.
Una guía local un tanto sosa nos acompañó explicándonos los detalles de las ruinas previo regateo de la tarifa, por supuesto. La subida al Wayna-Picchu por sus resbaladizos e interminables escalones mereció la pena, no sólo por las increíbles vistas panorámicas, sinó por las ruinas mismas que hay en él. Por cierto, Wayna-Picchu significa "montaña jóven" en Quechua y Machu Picchu es la "montaña vieja". Para nuestra fortuna no había mucha gente aquel día, lo que nos permitió admirar más íntimamente la magnitud de cada obra de arquitectura incaica.
Menos mal que llevamos provisiones, ya que aquel bocadillo de mortadela nos supo a gloria y nos dió la energía suficiente para disfrutar de esta fascinante y mística visita.
De vuelta en Aguas Calientes nos decidimos por un regreso más cómodo y rápido, aunque mucho más caro. Tomaríamos el tren hasta el pueblo de Ollantaytambo y un colectivo de allí a Cuzco. Pero como el día 2 había huelga agraria, los trenes no funcionaban así que nos dedicamos a pasear por los alrededores y zambullirnos en las aguas termales locales para esperar hasta la mañana siguiente.
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