No pudimos disfrutar del paisaje al viajar de noche y al llegar nos golpeó la humedad tropical incluso sin bajar del bus. Esta vez era Óscar el que incubaba una otitis que le daba altas fiebres.
Tras experimentar por unas horas un hostal que más parecía una discoteca, ya que la dichosa cumbia sonaba a todo trapo 24 horas al día, decidimos, tras varias quejas sin ningún cambio, mudarnos a lo que resultó todo paz y armonía. Una habitación limpia con TV y baño privado regentado por una amabilísima pareja que además de lavarnos la ropa en su lavadora gratis, también nos daban remedios caseros contra la fiebre.
En un par días de antibióticos Óscar ya se sentía mejor, y salimos a explorar el cercano parque nacional. El trayecto en mototaxi (de 3 ruedas) es movidito, ya que la carretera es muy bacheada, pero muy divertido y con buenas vistas del río y la selva.
Visitamos la llamada Cueva de las Lechuzas, donde uno se siente como Indiana Jones en plena exploración de lo desconocido. Y es que es tan grande, oscura y habitada por cientos de guácharos que hacían tanto ruido que a ratos daba hasta miedo. Paseamos por el parque cerciorándonos de que en la selva todo es más grande, desde las plantas a las mariposas, cuyas alas eran del tamaño de nuestras manos.
Por la tarde visitamos el jardín botánico, lleno de especies amazónicas, y de unos mosquitos enormes que hayaron en nosotros su gran merienda.
También vimos una demostración folklórica-carnavalesca al más puro estilo andino por las calles del pueblo.
La idea era seguir introduciéndonos en la selva y embarcar por unos días recorriendo el río hasta la ciudad de Iquitos en pleno amazonas, pero al no estar en muy buena salud cambiamos de plan. ¡Es lo bueno de no tener destino fijo! Como curiosidad probamos el "tacacho", un rodeor selvático que está delicioso al grill.
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