A la mañana siguiente dejamos nuestras mochilas en consigna, ya que dormiríamos en otro hostel los siguientes días, no tan céntrico pero más económico. Tras el desayuno fuimos a visitar el museo Pre-colombino que posee una colección enorme y fantástica de artesanía y joyas de las diferentes culturas que habitaron centro y sudamérica hasta la llegada de los españoles. Pero la estrella sin duda del museo son las momias de Chinchorro. Datadas de hace 7000 años y 3000 años más antiguas que las egipcias, dicen mucho de las creencias y la religiosidad de las tribus que habitaron esas latitudes. Con un sistema mucho menos elaborado de momificación que el egipcio, básicamente secaban los huesos de difunto y luego los ponían en orden reconstruyendo la forma corporal con vegetación y barro, aplicándoles una capa fina de ceniza externa, por lo que se denominaron las momias negras de Chinchorro. Poseen dos ejemplares adultos, dos niños y dos neonatos, algunos en un estado increíble de conservación. En lo que si coinciden con los egipcios es en que eran miembros destacados de la sociedad y eran enterrados con un abundante ajuar para ser usado en el más allá. Un museo fascinante y muy recomendable.
La tarde la pasamos descansando del agobiante calor santiaguino en nuestro nuevo hostel, algo más viejo pero en un barrio muy tranquilo lleno de casonas y universidades. Por la noche acudimos a la Alameda, enfrente de la Casa de la Moneda, para asistir al espectáculo gratuíto que pondría punto final al festival de teatro de Santiago'09. Para nuestra sorpresa íbamos a disfrutar de la magia acrobática de la Fura dels Baus en pleno centro de Santiago. La asistencia fue masiva. Desde horas antes las calles adyacentes estaban a rebosar de gente de todas las edades y vendedores ambulantes de todo tipo. Vimos más espectáculo a través de las pantallas gigantes que en vivo, debido a la cantidad de gente y a los árboles de la Alameda que dificultaban la visión. De todos modos la gente se encantó con la enorme muñeca de cobre, con el hombre pájaro, con los increíbles acróbatas que volaban a muchos metros del suelo sostenidos por una grúa y con la pirotecnia final.
El día siguiente lo dedicamos a dos labores bien distintas. Por la mañana descubrimos el centro de Santiago, con sus palacios y edificios gubernamentales, su bonita plaza de Armas bullente de actividad y sus calles peatonales limpias y cómodas. Por la tarde acudimos a visitar la bodega Cousiño Macul, muy cercana a Santiago, en el Valle del Maipo y conectada por el moderno metro con el centro. La visita fue interesante, aunque la cata dejó mucho que desear. Vamos, que el guía nos dejó a todos en el bar y desapareció como por arte de magia. Acabamos el día encaramándonos al mirador de Santa Lucía desde donde se domina una impresionante visión del Gran Santiago, encajonado entre la cordillera de los Andes y la pre-cordillera pacífica, causa de su archifamoso "smog" o nube de polución ambiental que genera múltiples problemas respiratorios a sus habitantes año tras año. No obstante Santiago es la ciudad con mayor polución de sudamérica a pesar de las diferentes medidas que pone en marcha el gobierno. No debimos pillar los peores días, ya que la nube marrón que se divisaba no era muy diferente de la de Barcelona.
Así que al día siguiente decidimos ir a respirar un poco de aire puro a la cercana cordillera andina, en concreto al Monumento Natural El Morado. Se trata de un precioso valle encajado en la cordillera, con una abundancia pasmosa de emanaciones ferruginosas y limitado por picos y glaciares, que como nos explicaron llevan años en retroceso, con lo que actualmente no se llega cerca de la lengua del glaciar. Nosotros llegamos a una pequeña laguna procedente del retroceso del glaciar donde comimos un magnífico bocata de mortadela y tomamos el sol completamente solos. Bueno, acompañados de un montón de pajaritos que también querían probar la mortadela. A la bajada disfrutamos de una fabolusa vista de los diferentes colores con los que los minerales tiñen las rocas del lugar y de una cervecita fresca antes de volver a la gran ciudad.
A la mañana siguiente visitamos otra bodega del Valle del Maipo, Concha y Toro, la más famosa de Chile por su gran producción y exportación, aparte de por su leyenda de "el casillero del diablo". Y es que su dueño inventó el rumor de que el Diablo habitaba su bodega favorita para frenar la ola de robos de botellas de vino de gran calidad perpetrada por los lugareños, que supersticiosos, difundieron el rumor dándole fama mundial. La cata mejoró bastante, pero la visita fue más que escueta y vacía de información. La visita está puramente enfocada a personas inexpertas en temas vinícolas, y no es por exhagerar...Pero cómo echamos de menos La Rioja ;-) En fin, no pudimos guardar las copas serigrafiadas que nos regalaron en ambas bodegas por motivos obvios, snif! Nuestras mochilas cierran tras un ajuste milimétrico del contenido, así que seguiremos rompiendo nuestras frágiles copas de Ikea cuando volvamos a casa.
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