Nuestro guía se llamaba Luís, bueno con el tiempo descubrimos que de guía no tenía mucho, era más bien parco en palabras, pero de buena voluntad. Nuestro grupo de 6 lo componían un Suizo de mediana edad, Alan y...¡Sorpresa! Otros 3 jóvenes catalanes: Marc, Laia y Anna. Enseguida hicimos buenas migas y así todos ya colocados en el Toyota Land Cruiser rojo comenzamos nuestro recorrido por tierras bolivianas.
La primera parada fue en la Laguna Blanca, con su perfecto reflejo de espejo. Luego la Laguna Verde, que sorprendentemente acentúa su color con el viento, situado a los pies del gran volcán Licáncabur. Seguido de una parada en las Termas de Polques donde pudimos relajarnos un rato en sus cálidas a 37ºC. Al principio quemaba un poco, pero enseguida nos aclimatamos y ya nadie quería salir. Tras otro pequeño trayecto llegamos al lugar conocido como geiser Sol de Mañana, una impresionante llanura en medio del altiplano donde la lava burbujea en diferentes piscinas naturales, llenando el lugar de humo. Éste sería el punto más alto de nuestro recorrido: 4850 msnm. Ya por último continuamos nuestro camino hacia la Laguna Colorada, cuyo color se debe a una mezcla de minerales y algas y donde pudimos admirar gran cantidad de flamencos, de hasta 3 tipos diferentes. Allí también localizaba el refugio donde pasaríamos la primera noche. Era muy básico, sin duchas ni agua corriente, sólo un bidón para desaguar el baño. Los dormitorios de 6 al menos estaban limpios y con suficientes mantas para no pasar frío, ya que la temperatura nocturna cae en picado tras el ocaso. Así que tras una curiosa cena a base de fritos, nos fuimos a dormir cansados pero aún fascinados con todos los paisajes que nuestros ojos gozaron durante el día.
El segundo día visitamos el Árbol de Piedra, curiosa formación rocosa de origen volcánico pero modelada por el viento y el agua durante siglos. Y luego seguimos la ruta de las cuatro lagunas, bellas todas ellas y llenas de fauna, sobre todo flamencos. Comimos al aire libre justo cuando el cielo se cubría de negras nubes y comenzábamos a ver los relámpagos en la distancia. Tras la comida continuamos disfrutando de la visión de la humarola del volcán Ollagüe y de camino al pueblo de San Juan, con sus casas de adobe y sus pastores de llamas. Finalmente llegamos a nuestro hostel para aquella noche. Construido con ladrillos de sal, pudimos disfrutar de una ducha de agua hirviente y de luz eléctrica, eso si, sólo a partir de las 19:00, ya que funciona con un generador y lo apagan de nuevo a las 23:00. El resto de la noche la iluminación es con velas.
Este día se hizo más duro, ya que a parte de más horas de camino, éste era mucho más abrupto. Así que dormimos profundamente, aunque no demasiado, ya que el plan era levantarnos a las 5 de la mañana con destino el Gran Salar de Uyuni. La razón del madrugón es poder disfrutar del amanecer en el salar y ver cómo esa enorme masa blanca cambia de colores con la luz. Fue precioso, y el salar, inmenso. Nos sentimos muy pequeñitos en medio de esa gran superficie salada, no obstante es el mayor del mundo con sus 120km de largo por 80km de ancho. Dicen que desde ese lugar es posible divisar la curvatura de la tierra y lo cierto es que con la cámara digital no se acertaba a cuadrar el horizonte con una linea recta, alucinante.
Paramos en la Isla del Pescado para desayunar. Ésta es una curiosa formación en medio del salar, formada hace millones de años cuando el agua del mar que cubría el actual salar se evaporó dejando esta montaña de origen volcánico emergiendo de su blancura. Y sorprendentemente a parte de gran cantidad de cáctus también viven vizcachas o liebres andinas.
Continuamos nuestro camino hacia el pueblo de Uyuni, parando para visitar el primer hotel de sal que se construyó dentro del salar, hoy sólo usado como museo y tienda de artesanía, ya que actualmente el salar es zona protegida y está prohibido construir en él. Tras una breve parada en el pueblo de Colchani, llegamos a Uyuni, donde visitamos el cementerio de trenes, lleno de antiguas locomotoras a vapor y carbón junto con sus vagones. Y es que Uyuni recibió la primera linea de ferrocarril de sudamérica, con el objetivo de transportar las materias obtenidas en sus numerosas minas. Lástima que se encuentren bajo las inclemencias de la meteorología y rodeadas de gran cantidad de basura.
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