Valdivia es una ciudad donde se respira tranquilidad a pesar de su tamaño, unos 250.000 habitantes. Tiene una animada feria del pescado por la mañanas donde pudimos comprar 1,5 kilos de almejas por menos de 1,20€, riquísimas.
En su río se han instalado un grupo de leones marinos, que por supuesto comen gratis a diario las sobras del pescado que les tiran los feriantes. Es increíble la cantidad y variedad de aves que viven en esta ciudad bordeada por dos rios y cercana al mar, incluso vimos un pelícano.
En una de las terrazas de sus calles peatonales por fin disfrutamos del Curanto. Compartimos uno entre los dos y, menos mal, porque es abundante y difícil de digerir. Por supuesto acompañado de un “schop” de la cerveza destilada localmente, la Kuntsmann de Valdivia, y es que los alemanes también se trajeron esa tradición cervecera.
Por la tarde paseamos por un barrio residencial tranquilísimo y lleno de casonas de estilo alemán, la Isla Teja. Al día siguiente fuimos a visitar el museo histórico y antropológico donde lo más llamativo es la zona reservada al arte Mapuche, con cantidad de joyas y cerámica. Los Mapuches, que significa “gente de la tierra”, eran los habitantes de esta zona antes de la conquista española y prestaron una gran resistencia a la colonización. Aún quedan muchos en esta región, que se reparten mayoritariamente en núcleos rurales, dedicándose a la agricultura y ganadería y también a la artesanía en barro, lana, madera y plata.
Por la tarde fuimos a visitar las ruinas de las fortalezas españolas que quedan cerca de la ciudad. Y es que a Valdivia se accede por un estuario en el pacífico, por lo que se construyeron varios fuertes para su defensa, entre ellos el de Corral y el de la Isla Niebla.
El tercer día nos lo tomamos de reláx y por la tarde fuimos a la playa grande en la Isla de Niebla y constatamos que las aguas del pacífico son gélidas, sólo para los más atrevidos, así que Ana se refrescó a trozos desde la orilla. El sol golpea con gran fuerza en estas latitudes, así que tras un rato nos volvimos a Valdivia en busca de una terraza con sombra donde disfrutar de un buen “schop” vespertino. ¡Super refrescante!
Valdivia es uno de esos lugares donde uno estaría más tiempo del planificado debido a la tranquilidad y orden que transmite. Probablemente esta idea cambie en plena época universitaria.
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