Chiloé es la segunda isla más grande de Sudamérica después de Tierra del Fuego. Famosa por sus iglesias de madera, muchas de ellas declaradas patrimonio de la humanidad por la Unesco, sirve también como puerta de entrada al pasado, ya que los chilotas aún resisten a las nuevas modas y ni de lejos están preparados para el turismo de masas. La isla es también carne de cañón para la mitología, y es que cuentan con muchas leyendas y personajes de lo más pintorescos.
Para llegar a Chiloé hay que cruzar el estrecho de Chacao, donde las corrientes son verdaramente fuertes y se pueden observar a simple vista. El trayecto duró unos 15 minutos y desde el muelle ya se podían ver lobos marinos nadando alrededor del transbordador así como delfines y hasta una pareja de pingüinos magallánicos que debían estar perdidos porque la pingüinera les quedaba un poco lejos de donde se encontraban.
Nuestra primera parada fue en Ancud, un pequeño pueblo al norte de la isla y no muy lejos de la pingüinera chilota. Dispone de un museo regional muy interesante sobre la cultura y tradiciones chilotas que sin duda fuimos a visitar esa misma tarde. En el museo también se exhibían fotografías de Ancud de 1960 cuando un terrible terromoto de 9,5º en la escala de Richter generó un tsunami de tal magnitud que se llevó casas y comercios kilómetros más allá. Entre el terremoto y el tsunami, Ancud quedó debastada inutilizando por completo incluso el servicio ferroviário aún sin restaurar. El museo dispone de un jardín trasero donde exponen diferentes piezas tales como troncos petrificados, locomotoras antiguas o lo más espectacular: un esqueleto de ballena azul de 25 metros de largo, la cual quedó barada en 2005 en las playas del pueblo, ¡Qué grande!.
A la tarde buscamos un lugar donde cenar y poder degustar el plato típico chilota: el Curanto, una mezcla de carne de vacuno con marisco a la cazuela. No encontramos un lugar que pudiéramos pagar así que nos dirigimos al mercado donde se encontraban una especie de locales muy pequeños que servían comidas calientes llamados “Cocinas”.
Al día siguiente partimos hacia Castro, la capital de Chiloé, y es que Ancud no daba para más. El día amaneció espléndido con un sol radiante que prometía y que no defraudó. Al llegar a la terminal y, al igual que en Ancud, no teníamos reserva para dormir y nos dejamos querer para que los particulares nos ofertaran algo barato. Regateamos un poco y así pudimos conseguir alojamiento y desayuno a un precio razonable: 6000 por persona (unos 7,75€). El hospedaje era básico pero estaba limpio y no muy lejos del centro y las señoras que lo regentaban muy amables y cordiales.
Castro es famosa por sus palafitos, casas postradas en el litoral apuntaladas con maderos que se insertan en el mar a modo de pilares quedando éstos descubiertos cuando baja la marea. Este tipo de edificación es sin duda llamativo pero no hay que pasar por alto el diseño chilota en las fachadas. Los diseños muestran motivos realizados en madera superpuesta en caída desde el techo al suelo los cuales pueden variar en tamaño, color y en el acabado. Mención especial merece la industria maderera puesto que el hormigón solo se utiliza en grandes construcciones tales como puentes y/o naves industriales siendo pues la madera el elemento básico para la construcción de viviendas.
A mediodía parecía que teníamos hambre y como pasábamos por delante del mercado del pescado y el marisco, decidimos echar un ojo a ver si nos vendían algo para llenar el estómago. Eran puestos que vendían raciones pequeñas para llevar, ya que el ayuntamiento les prohibía que sus clientes consumieran allí mismo, justo al lado de un par de restaurantes. Nos llevamos un par de raciones, una de salmón con picadillo, buenísimo, y otra de mariscos variados. Ésta última, que era la que prometía, resultó ser un desastre para nuestros paladares, aún y poniéndole un limón entero exprimido. Que sabor más raro tenía todo...Lo único positivo fue que probamos el Erizo de Mar que nunca antes lo habíamos hecho. Dado que el gusto que teníamos en la boca no era el mejor, buscamos un lugar para tomarnos un café y matar éste. No tardamos mucho en entrar a un local donde resultó que el encargado había estado trabajando en Barcelona unos 2 años. Trabajó de camarero mucho tiempo pero el recuerdo que más se le quedó en su memoria fue cuando trabajaba de guía pedaleando en bicicleta todo el santo día. Era “bici-guía” y se ganaba muy bien la vida...
Conversamos con él un buen rato, claro, y nos invitó a ir a la noche a probar el “Pisco Sour” ya que tenían 2x1. Que podíamos hacer nosotros más que ir, ¿no? Bueno, decir que el Pisco es la bebida oficial Chilena y también Peruana, aún están en pleitos por la autoría, y nos apetecía probarla... Evidentemente fuimos a probarlo y hay que decir que nos gustó mucho, todo y sus 35º. Lo preparan de muchas maneras como si fuera un cócktel y lo más parecido que nosotros conocemos sería un “Mar de Cava”. Hacía muuuuchas semanas que no salíamos por la noche y lo del Pisco Sour estuvo muy bien, 3 por barba, jeje.
Al día siguiente visitamos otra isla del archipiélago chilota llamada Quinchao, en la que se encuentra la iglesia más antigua de Chile, en Achao. Construída totalmente de madera, tiene un retablo muy elaborado.
Esa misma tarde visitamos un par de pueblos más muy poco turísticos, lo que se agradeció enormemente por la tranquilidad y paz que allí se respiraban. De vuelta a Castro asistimos a un recital de música jesuítica mapuche. Los niños del coro cantaron y tocaron muy bien para las edades que tenían, aunque al ser el concierto en idioma mapuche no pudimos entender nada. Para la tranquilidad de todos los que nos conocen queremos decir que no nos hemos convertido.
1 comentario:
¿Quina maravella? es tod maravellos,
hara no te dones conte de tod, lo que
esteu fen, pero cuan estigueu a casa,
i hu paseu per video, i recordeu tod
els puestus, que heu estad, encara hu
disfrutereu mes, tod es fantastic.
molts petonets de la Parelleta
JOSEP Mª I ELOISA
Publicar un comentario