Nos hospedamos en una casona de estilo Alemán de los años 20, y es que esta zona de Chile fue colonizada por gran número de emigrantes alemanes durante los años 30 y 40, tras la proclamación de la República Chilena, animados por las generosas porciones de terreno que el gobierno les ofrecía sólo por venir a ocuparlas. El hospedaje es como la casa “Monster”, enorme pero bastante dejada, donde a cada paso crujen las maderas.
Paseamos por la costanera disfrutando del sol y el calor de nuevo por fin, y de las playas de arena negra que hacen las delicias de los más pequeños. El día siguiente amaneció lloviendo animadamente y muy nublado, con lo que cancelamos nuestro plan de ir a caminar al parque nacional Vicente Pérez Rosales. Pasamos el día paseando por la ciudad que está a rebosar de turistas nacionales, sobre todo familias. De paso Ana aprovechó para ir a la esteticién para librarse de esos pelacos, jaja, y ya está lista para la playa. Encontramos un bar a pie de lago con buena música y donde pudimos disfrutar de un buen “schop” de una cerveza artesanal de la región, la Valbier, hecha en Valdivia, a parte de usar su wifi gratuito. Por cierto, “schop” pronunciado sin “s” es una cerveza tirada, vamos, una caña, y hay bares exclusivos llamados “schoperías”, unos expertos en servir cervecitas.
Por fin al día siguiente salió de nuevo el sol y fuimos a Petrohué a caminar al parque nacional, por la falda del Osorno. La señalización es escasa, con lo que perdimos nuestro camino bastante rápido y nos vimos en el cauce del río que baja de la cima del volcán durante el deshielo, estando ahora seco. De todos modos disfrutamos de una buena vista del Osorno y del lago Todos Los Santos dando gracias a Dios por llegar sanos y salvos de un recorrido en uno de los viejísimos microbuses del servicio rural chileno.
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