14/1/09

Navimag, 8-12/01/2009

Por fin llegó el día y tras hacer check in de nuestras mochilas por la mañana, a las 21:00 embarcamos en el buque Navimag (Navegaciones Magallánicas). Viajamos en cabina C, la más económica, que esperábamos mucho peor, la verdad. Pensábamos que las 22 literas se distribuirían en una sola sala sin ventanas a lo largo de dos filas con un pasillo central, como en las pelis sobre el ejército y que los baños compartidos serían insuficientes en número y estarían siempre ocupados. Pero nada más entrar nos llevamos una grata sorpresa. Las 22 literas se distribuyen de 4 en 4 a lo largo de 3 pasillos, con una consigna por pasajero a los pies de las mismas, donde cabe de sobra el equipaje. Los baños comunitarios sse hayan centrales en la cabina y hemos tenido la suerte de tener una ventana entre las literas que permite no solo observar el paisaje, sino minimizar al máximo cualquier sensación de claustrofóbia.

Por areas comunes tiene el comedor y sala de video en el piso inmediatamente superior al nuestro, y un bar en el último piso. Realizan diferentes actividades a lo largo del día para entretener al pasaje como proyección de documentales y películas chilenas, bingo y hasta una fiesta que nos genera bastante curiosidad, ya veremos.

Zarpamos a las 5:10 de la mañana y un poco antes de las 7 nos despertó el “dulce” sonido de la megafonía anunciando la travesía por el paso más estrecho del recorrido, tan sólo 80 metros, teniendo en cuenta que el barco tenía 23 metros de ancho la maniobra era ajustada. El desayuno fue variado y abundante y el agua de la ducha calentita ¡Qué más se puede pedir! ¡Ah! ¡Sí! Que salga el sol y afloje el viento que nos molesta en cubierta para disfrutar mejor de estos islotes rocosos que forman los canales patagónicos. Por la tarde nos acercamos para avistar el glaciar Skua, aunque lo poco que pudimos ver fue la densa niebla que lo cubría y que rozaba el agua del canal por el que navegábamos. Era como una película de piratas, solo que el nuestro era el único barco allí. La niebla y la llovizna fueron las grandes protagonistas del primer día, unidas a la película chilena ganadora en el Festival de Cannes, “Machuca”, que refleja la situación social del país durante los últimos meses del gobierno de Allende y tras el golpe de Pinochet, a través de los ojos de dos niños, uno de familia acomodada y otro muy humilde.


Menos mal que el día siguiente se levantó soleado y pudimos desembarcar para visitar Puerto Edén, único reducto habitado en los canales patagónicos sur y donde aún viven algunas familias Kaweskhar, nativos originarios que habitaban estos canales antes de la colonización. Nos vinieron a buscar en barcas a motor para llevarnos al muelle del pueblo. Sus casas coloridas y la red de pasarelas de madera para recorrerlo le confieren su encanto. A lo largo del paseo diversas señoras trataban de vender su artesanía, mayormente cestillos hechos de hierba y pequeñas réplicas de las barcas Kaweskhar hechas en pelo de lobo de mar. Éstos nativos eran cazadores y pescadores y sobrevivían a las duras condiciones climáticas de la zona con gran adaptación.


Mabel, dueña del hostel de Puerto Natales, nos contó cómo su abuela solía explicarles la fascinante visión de las mujeres Kaweskhar nadando desnudas hacia el barco Navimag cuando ella realizó este trayecto pero a la inversa, en los años 20, y cómo la gente les tiraba comida desde el buque. Los tiempos han cambiado mucho y hoy los pocos que aún habitan estas aguas están completamente modernizados, aunque algunos aún usen su lenguaje materno que acabará extinguiéndose, al igual que ellos en un futuro no muy lejano.

Seguimos nuestro rumbo pasando por la Angostura Inglesa, un paso largo e intrincado formado por islas que dejan estrechuras de menos de 400 metros. Pudimos disfrutar del nado de diversas focas cerca del barco, así como el paso enfrente de la “Stella Maris”, que protege a los pescadores y que te da buena suerte si tiras una moneda al agua enfrente suyo. Así mismo vimos los restos de un buque griego barado en el Bajo Cotopaxi, donde sólo existe una roca.

Las escarpadas islas montañosas que rodean estos canales, llenas de rugosidades y vegetación que crece desafiando la verticalidad de sus riscos, unida a su condición de tierras vírgenes, nos hizo sentirnos como unos exploradores avistando el nuevo mundo, salvaje, intacto y perfecto.

Por la tarde salimos a mar abierto y el océano Pacífico nos acunó de un lado a otro. Un par de biodraminas y una restricción de líquidos y pasamos el famoso Golfo de Penas sin problemas, aunque Oscar dormitara gran parte de la tarde y toda la noche para evitar marearse o males peores. Cuentan que antiguamente en días de mala mar ataban al pasaje con cadenas, al igual que la carga, para cruzar este golfo, tal es la fuerza de embestida de sus olas...Menos mal que tuvimos buen tiempo.


El Domingo amaneció con un cielo totalmente despejado, sol y 11ºC de temperatura. Habíamos vuelto a ingresar en uno de los canales y el mar no se movía en absoluto, debido a la falta de viento. Avistamos numerosas aves marinas y varios delfines que saltaban al lado del barco. También pudimos disfrutar de numerosos volcanes con sus conos nevados en la orilla continental, y es que Chile posee gran cantidad de ellos, algunos aún activos. Han sido 3 días de completo relax y disfrute de los paisajes que la naturaleza nos brinda, sin tener que pensar dónde dormiremos hoy o qué comeremos.


Acabamos el día jugando al bingo en el bar, donde por supuesto no ganamos nada ni siquiera el premio al ganador de los perdedores que era una botella de tinto (premio soñado por Oscar y que no pudo obtener). Después del “magnífico” bingo organizado por la tripulación, comenzó la fiesta que fue de tal embergadura y calidad que decidimos abandonarla de inmediato, jaja.

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